¡PANHUASCA!

El cosmos es origen y fuente de sí mismo, la Naturaleza como un todo es divina. La Naturaleza estaba aquí antes de mí, es mi madre, mi padre, es autoridad e instancia creadora, estimula mi admiración y reverencia. Para admirar al dios Naturaleza no cierro los ojos, los abro y contemplo la naturaleza en torno a mí, dentro y fuera. Solo veo existencia, transitoriedad y acción: una exuberancia innata e intrínseca en cambios incesantes. Veo que formo parte de ese movimiento, soy un ciudadano del mundo, parte de la Tierra, del Sistema Solar y de la Galaxia, pertenezco al Universo, soy parte de la divinidad Universal: nos sentimos separados hasta darnos cuenta de que no lo somos.

Entendí que todo está, de una manera u otra, dentro de la naturaleza cósmica, en sus aspectos conocidos o desconocidos, que el Universo, existencia absoluta, solo puede ser sujeto y objeto de sí mismo, bastándose a sí mismo. Encontré sentido en enfocar mi atención aquí y ahora, en la belleza, el poder y la integración de la naturaleza, honrar, celebrar y sentir la vida más plenamente. Comprendí que el significado de nuestra existencia se fundamenta en ser una parte del universo capaz de contemplarse a sí misma. Encontré más sentido en buscar la trascendencia, enfocando la atención en el infinito universal, cultivando la visión de la divinidad en la contemplación de la Naturaleza.

Después de la primera infancia, al surgir la edad de la razón, es probable dejar de percibir y vivenciar ese sentido de divina unidad, dejar de ver el magnífico brillo de belleza y armonía que emana de la Naturaleza. Olvidamos que somos parte de la totalidad; enfocados en nuestras subjetividades, sumergidos en símbolos, centrados en la esfera de los conceptos y sus limitaciones, pasamos a experimentarnos, en pensamientos y sentimientos, como separados del resto. Junto con el lenguaje adquirimos la habilidad de clasificar las cosas en categorías y clases, dejando, a veces, de ver el misterio de la unicidad, la sorpresa, lo imprevisto extraordinario de su simple presencia, su singularidad y realeza. Callecemos el sentimiento, desarrollamos, como si fuese, un velo, un filtro gramatical, entre el mundo y la conciencia, restringiendo y condicionando nuestra capacidad de entusiasmarnos y encantarnos. La vida, la existencia como un todo, parece perder su brillo y encanto, volviéndose trivial: ilusión engendrada por rutinas, automatismos y disociaciones. Aprendiendo a renovar el acceso a esa visión gloriosa, la magnificencia siempre estará aquí, despertando al niño en nosotros, la creatividad y la fluidez. Una de las tareas que necesitamos emprender, como adultos, es reencontrar esa visión prístina. Cada uno de nosotros, a través de los sentidos y las emociones, puede acceder a la Naturaleza, descubrir en sí mismo lo que mejor despierta la percepción de lo sagrado.

El corazón de este trabajo panteísta es destacar la visión y el sentimiento de que somos, plenamente, parte del gran ciclo sagrado de la vida. La expresión 'experiencia mística' puede transmitir la idea de intangible, pero, de hecho, revela algo más oculto y misterioso, en el sentido de inefable, un evento testable, a ser experimentado, sin embargo, de difícil descripción, como la belleza y el perfume de una flor. El misticismo panteísta intenta facilitar la percepción de nuestra unicidad, profundizando nuestra reverencia por la Naturaleza y el universo, templando la vivencia de la totalidad. Para mí, tal intento es más fácil de experimentar comulgando una 'medicina sagrada' como es el té Ayahuasca, una poción tradicional de América del Sur. Una bebida mística y tradicional que puede proporcionar, cuando es servida en un contexto ritualístico y comulgada con la intención adecuada, una experiencia llamada enteogénica, la experiencia de Dios en nosotros, el "namasté" de los yoguis.

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